Crónicas Afirmativas

La vida puede ser un desplazamiento constante cuando se es una mujer trans en medio del conflicto

14 de diciembre de 2020. “Todas las personas LGBTI somos víctimas, somos víctimas tanto desde la casa como desde la familia y tanto de la comunidad como de los grupos al margen de la ley. Siempre hemos sido víctimas. ¿Por qué? Por ser la loca, por ser la marica, entonces ya nadie nos da trabajo, ya nadie nos da nada por eso”, así narra Estrella*, con un profundo sentimiento de frustración, lo que para ella ha significado identificarse como una mujer trans en medio de escenarios hostiles, donde la discriminación empieza desde casa y tiene su punto más álgido cuando se vive en medio de el fuego cruzado de los actores armados.

Estrella es una mujer transgénero de 39 años, que desempeña un liderazgo comunitario en una pequeña vereda en Urabá del corregimiento de San José de Apartadó en Antioquia, departamento donde ha pasado toda su vida. Actualmente es mototaxista y se identifica como una persona respetuosa, seria, educada, a la que le gusta colaborarle a la comunidad y, en palabras de ella: “al que se deje colaborar”. Durante los últimos años ha participado en la mesa de víctimas del departamento porque su historia esta marcada por los desplazamientos y las amenazas de los grupos armados.

Uno de los momentos trascendentales de la vida de Estrella es una analogía de aquel verso que corea el grupo de rap La Etnnia en su canción vida y muerte: “unos nacen y otros mueren, es la ley de la vida y a diario es que sucede”. La activista recuerda que la muerte de uno de sus familiares en 2001 marcó el nacimiento de lo que es hoy, Estrella: “empecé al año de haber fallecido mi papá. Empecé a irme transformado, a verme así de mujer por ahí como a los 18 años (…) porque la ley de la casa es hombre y mujer, no más.”, así describe ella una de las principales dificultades que enfrentan las personas trans en sus primeros años de vida cuando asumen su identidad: la negación y el rechazo de sus familiares, amigos y compañeros de escuela. Significa, entonces, llevar un estigma por años que marca el alma y deja heridas profundas: “yo no tuve una niñez, yo no sabía lo que era un regalo, yo no sabía lo que era un estrene, yo no sabía lo que era un abrazo, nada. Todo por ser la marica de la familia”, recuerda Estrella embargada por la melancolía.

Los prejuicios en los círculos sociales de las personas trans tienen un grave impacto en sus vidas. Según RedLacTrans, una organización sin ánimo de lucro que lucha contra la discriminación de las personas trans desde 2004, el 77% de ellas son expulsadas de sus hogares durante la infancia. Adicionalmente, la organización sostiene que una de cada cuatro personas trans no termina la escuela secundaria por los hostigamientos que reciben por parte de docentes y compañeros. Este es el caso de Estrella, quien dejó la escuela secundaria cuando estaba en noveno por las condiciones adversas que enfrentaba en su entorno y que ahora quiere retomar sus estudios para finalizar aquello que ella considera como una cuenta pendiente.

Las primeras violencias que las personas trans enfrentan en sus círculos sociales y familiares se reproducen con mayor fuerza en medio de escenarios de confrontación armada por el control social que ejercen los grupos legales e ilegales. Desde muy joven Estrella se enfrentó a esta realidad cuando se dio cuenta que su territorio era el rin, donde se desarrollaba una constante disputa por parte de los actores armados. Su primera experiencia dolorosa fue la muerte de su padre, quien fue asesinado en el 2001 por grupos paramilitares que justificaban sus acciones en los rumores derivados de la estigmatización: “los grupos urbanos fueron los que vinieron y le quitaron la vida a mi papá por ser supuestamente guerrillero, por haber vivido en una zona rural”.

Según lo documentó el portal Verdad Abierta, para la fecha en la que ocurrieron los hechos del asesinato del papá de Estrella, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) controlaba varios municipios de la región de Urabá a través del Bloque Bananero. Esta estructura paramilitar fue creada en 1995 y durante años estuvo al mando de Hébert Veloza, alias HH, quien participó en la creación de varios frentes como el Arlex Hurtado, que estuvo al mando de Raúl Hasbún -alias “Pedro Bonito”- y el Bloque Elmer Cárdenas al mando de Fredy Rendón -alias “El Alemán”. Sin embargo, en la zona de Apartadó hicieron presencia otras estructuras como el Bloque Héroes de Tolová, que se desmovilizó en diciembre de 2005 al mando de Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna” y que sería la organización responsable de la masacre de San José de Apartadó, ocurrida en 2005.

La muerte de su padre ubicó a Estrella en ese camino que, en muchas ocasiones, se convierte en una ineludible senda de dolor e incertidumbre para las personas trans: la exclusión laboral y la violencia que perpetúa el prejuicio. “Eso me tocó muy duro porque apenas tenía 18 años y me tocó coger una obligación que jamás y nunca en la vida había tenido (…) mi respeto para aquellos que tengan hijos, yo no sé cómo hacía, hasta me prostituía para tener comida para llevar”, de esta manera la lideresa comunitaria recuerda con angustia las dificultades que tuvo que pasar cuando se hizo cargo de sus hermanos menores.

La discriminación en el ámbito laboral contra las personas trans es una de las violencias sistemáticas que ejercemos como sociedad y sobre la que pocas veces reflexionamos: es aquello que como sociedad no vemos, pero que los afectados lo palpan a diario. Esta forma de exclusión estructural condena a muchas personas trans a ejercer trabajos sin garantías laborales en sectores de alta criminalización, segregación y marginación. Así como le sucedió a Estrella, son miles las personas trans que se ven obligadas a dedicarse a la prostitución. Según la Fundación Gaat, el 69% de las mujeres trans y el 50% de los hombres trans ejercen la prostitución como su principal actividad profesional.

El asesinato de su padre marcó el inicio de un camino y una respuesta ante la violencia que se volvería costumbre para mantenerse con vida: el desplazamiento forzado. Estrella tuvo que irse hacia Medellín por temor a las represalias que pudieran tomar los actores armados en contra ella y de su familia. Esta situación se volvió repetitiva y se acentuó aún más cuando empezó a asumir su rol de liderazgo comunitario: “yo siempre he me la he pasado de Medellín a Apartadó y de Apartadó a Medellín, así, clandestinamente. Porque usted sabe que a los líderes les dan muy duro”, cuenta ella con la convicción de quien ha aprendido a controlar sus miedos.

Sin embargo, más allá de las situaciones de violencia en contra de su familia, Estrella empezó a vivir desde muy joven esa violencia paramilitar que se caracteriza por ser correctiva y desmedidamente patriarcal: “en una vereda tiene que usted andar derecha, ni para allá ni para acá, ser seriecita, eso es lo que más le piden a uno y sacar afuera lo que es consumo de drogas”. Las estrategias de los actores armados son uno de los métodos más efectivos del patriarcado estructural que busca hacer personas a la medida de sus prejuicios, ser lo suficientemente coercitivos para que a las personas trans no se les note lo que son, que se identifiquen, pero poquito, que se expresen, pero pasito, que vivan con nosotros, pero sin ser ellas mismas…que sean invisibles.

Por estas situaciones de violencia, la vida de Estrella se convirtió en un constante ir y venir, en un eterno desplazamiento y retorno como si su vida la hubieran editado en bucle: “ante las amenazas yo era la primera en irme rumbo a Medellín a pasar chusco. Cuando me decían que se bajaba la marea, volvía a traer a la marica a su pueblo”, cuenta Estrella de forma jocosa aquellas situaciones de angustia constante motivadas por la persecución. Sin embargo, aclara ella que las amenazas llegaban a través de panfletos que no siempre tenían su nombre: “decían: vamos a acabar con todas aquellas que se prostituyen, con las maricas que trabajan en el pueblo, las que sean y no sean serias, todas esas se van (…) porque siempre venían con la palabra, nunca ponían LGBTI, sino que ponían las maricas y las lesbianas, las prostitutas y todo aquel que haga bochinche, que robe, que fume, que una cosa y la otra”.

A pesar de que gran parte de las situaciones de violencia que enfrentó Estrella fueron responsabilidad de grupos paramilitares, su participación en la mesa de víctimas despertó el accionar violento del Frente 5 de las antiguas Farc-EP, quienes a través de las intimidaciones la obligaron a desplazarse en el año 2012. Según el portal Verdad Abierta, esta estructura guerrillera se fundó en 1971, luego de que en la Quinta Conferencia de las Farc se decidiera ingresar a la región del Urabá. En sus inicios este frente contaba con aproximadamente diez hombres que se establecieron en San José de Apartadó, donde el Partido Comunista (PC) tenía una base social compuesta por campesinos y obreros de la naciente agroindustria bananera. Sin embargo, con la agudización de la violencia este grupo guerrillero terminó asesinando a muchos de los que trabajadores que prometió defender y a su pasó sembró también el terror en la población donde por años ha vivido Estrella.

El liderazgo de esta lideresa comunitaria y su forma diversa de identificarse y expresarse también la pusieron en la mira de funcionarios del Estado. En una ocasión hombres del antiguo Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) la presionaron para identificar a miembros de grupos armados sin ella entender exactamente por qué, pero con la sospecha de saber cómo funciona el hostigamiento institucional: “lo del DAS fue porque la gente les había comentado que yo vivía en San José de Apartado y que era lideresa. Entonces ese fue mi pecado, ser lideresa (…) me cogieron para dar información de personas que yo nunca había visto y nombres que yo ni siquiera sabía”. Estrella también recuerda con indignación la cantidad de veces en las que miembros de la Policía y el Ejército Nacional la agredieron físicamente y se refirieron a ella en tono burlesco por ser una mujer trans cuando se la encontraban paseando por las calles de su pueblo. A pesar de que su liderazgo le ha permitido hacer valer sus derechos, Estrella sabe que estas formas de discriminación tan comunes, tan cotidianas y que a veces se van perpetuando por la costumbre hacen que las heridas de la discriminación histórica tarden en sanar.

Para Estrella las constantes acciones violentas y en especial los desplazamientos la han hecho una mujer distinta, pero, sobre todo, le han truncado sus planes de vida: “ha sido muy duro porque siempre uno tiene su proyectico de trabajo y en cualquier momento le toca salir volada y todo queda manga por hombro. Entonces uno pierde mucho porque uno pierde tiempo, pierde plata, pierde una cosa y la otra”.

En contraste con las pérdidas, con el pasar de los años esta mujer valiente se ha llenado de fuerzas para resistir, para levantarse en medio de los escenarios hostiles y ha hecho respetar su dignidad y ha conseguido el reconocimiento de su comunidad: “Desde que regresé transformada aquí, me acogieron muy bien porque soy una persona muy respetuosa, yo sé hasta dónde puedo llegar de confianza o de charla, hasta dónde la puedo brindar o dónde no. En la comunidad todos son muy bien, muy atentos conmigo. Por donde paso hasta los niños me saludan, me tratan muy bien”, asegura Estrella, con un tono de orgullo y de reivindicación por lo que ha logrado en estos años.

En medio de estas situaciones de violencia, Estrella reconoce que la oferta de protección por parte del Estado es muy limitada. Para sobrevivir en su territorio la Unidad Nacional de Protección (UNP) le asignó un chaleco blindado, un teléfono celular y le ordenaron a la Policía Nacional hacer rondas en su casa. El chaleco no se ajusta a la contextura de su cuerpo, el celular se lo robaron hace un tiempo en un medio de transporte y la presencia de los uniformados en su casa le ha traído más problemas de seguridad con las personas de su comunidad. Estrella no cuenta con más protección que sus hábitos cotidianos e intuitivos para gambetear a sus agresores, en parte porque las medidas de protección pensadas desde la ciudad no se ajustan a sus dinámicas diarias y en parte porque pensar en tener hombres de protección armados no le transmite confianza y no la hacen sentir segura. El caso de esta activista no es ajeno a lo que viven muchos liderazgos LGBTI en Colombia, donde el centralismo pone sobre la mesa unas medidas de protección que se restringen a lo policivo, que no se ajustan a los contextos y que, paradójicamente, aumentan su vulnerabilidad en los territorios.

Eso sí, sin ser una experta en medidas de protección, Estrella tiene muy claro aquello que desconoce la institucionalidad sobre la protección integral. Para ella, no basta con recibir medidas de seguridad ni subsidios que se agoten en el tiempo. Por el contrario, está convencida de que los cimientos más importantes para atender las vulnerabilidades de la población trans se traducen en proporcionar una vivienda digna, en brindar oportunidades trabajo con garantías laborales como lo estipula la ley y en implementar proyectos productivos para fortalecer su autonomía en el territorio. De paso, en su cabeza tiene claro que el eje transversal para eliminar la discriminación es el respeto institucional por las identidades sexuales y las orientaciones de género diversas.

*El nombre de la persona fue modificado por razones de seguridad.